50 AÑOS DESPUÉS DE AQUEL DÍA MEMORABLE

Nadie podía suponer, aquel jueves 9 de Enero de 1964, que ese día se iba a escribir una de las páginas más dolorosas y gloriosas del amor por nuestra tierra. No era la primera, pero sí un punto de inflexión determinante en los largos esfuerzos por hacer desaparecer un enclave extranjero —instaurado por la fuerza de un convenio viciado de ilegalidad e intereses oscuros— en la cintura de nuestro territorio, y que causaba malestar, ofensa a la soberanía, a la integridad y a la identidad de una joven, pero extraordinariamente digna nación.

Hoy, cincuenta años después de aquellos hechos que habrían de cobrar la vida de unos veintidós panameños que cumplieron cabalmente el juramento que hacemos todos a nuestro emblema nacional (“amarte, respetarte y defenderte…”) y provocar una derrota moral a una de las más grandes potencias mundiales de nuestro tiempo, ese día permanece aún, como un faro guía, indeclinable en la memoria de todos los panameños como uno de los más importantes de nuestra historia, como una demostración clara de nuestra defensa de la identidad nacional en su expresión más profunda.

Gracias a ese día y a la sangre derramada de nuestros jóvenes mártires, flor cortada en el principio de la vida, se pudo renegociar la derogatoria de aquel tratado ominoso —proceso que culminó el general Omar Torrijos Herrera conjuntamente con el presidente James Carter— e instaurar un proceso de reversión que habría de ponerle fecha de vencimiento a esa presencia extranjera tan mal querida: 31 de diciembre de 1999, a las doce mediodía; y restaurar, definitivamente, nuestra integridad territorial y nuestra soberanía.

Estudiantes graduandos del Instituto Nacional portan la Bandera Nacional que deseaban izar en Balboa High School, el 9 de Enero de 1964, en cumplimiento del Convenio Kennedy-Chiari.

Estudiantes graduandos del Instituto Nacional portan la Bandera Nacional que deseaban izar en Balboa High School, el 9 de Enero de 1964, en cumplimiento del Convenio Kennedy-Chiari.

Hoy, cuando se retoma la memoria histórica y se le da a aquella gesta el grandioso valor y la importancia que tiene, que permitió que hoy tengamos un país tan especial como el que tenemos, que el Canal y sus área aledañas sean completamente nuestros, traigo a estas páginas un poema que escribí hace unos años, en el que se rinde homenaje a esos jóvenes que dieron su vida y su sangre, con un extraordinario amor por la patria, para que pudiéramos tener un solo territorio y una sola bandera. Para ellos, este humilde tributo, en forma de poema, aparecido en mi libro Carta a Edmond Bertrand (UTP, 2004).

La bandera

DULCES CLAVELES EN LA SANGRE

El corazón ardía
como una hoguera incontenible
donde se incinera la impotencia
después de tantos años
de navegar sobre las sombras
sin rendirnos nunca
a la salvaje fiera de la nieve.
La misma que plantó una bandera extraña
en nuestro ombligo
donde la rebelión se confundía
con el olor de una mañana
que se resiste a deforestar
la flor de las naranjas.

A la postre,
tuvimos veintidós claveles
cortados con el filo de una noche aciaga
en medio de un aquelarre
de demonios.
Veintidós luces encendidas
que sortearon las borrascas
y vislumbraron el mediodía de un diciembre,
aún lejano y gris, pero posible.

Pero también un faro
iluminando nuestro viaje
con muchas lunas de dolor
descolgadas del tránsito del siglo.

Así vimos el tiempo contraerse
y transformar lo que antes era perpetuo
en años que se contaban largamente
hasta la culminación final
del calendario.

Fue así como llegó
el indescriptible día de la lluvia,
una lágrima que se derramó por la mejilla
de la tierra.

Pablo Menacho