CUANDO LA PATRIA Y LA POESÍA ENLUTECEN

Era muy joven cuando iniciaba mis primeros pasos en la literatura y conocí a Dimas Lidio Pitty, un escritor oriundo de la provincia de Chiriquí, en Panamá, que había regresado del exilio y acababa de ganar el Premio Literario Ricardo Miró de 1978 en dos ramas: poesía y cuento, con los libros Crónica prohibida y Los caballos estornudan en la lluvia, respectivamente.

Dimas Lidio Pitty. Fotografía: Cortesía de © Manuel Montilla.

Dimas Lidio Pitty. Fotografía: Cortesía de © Manuel E. Montilla.

Su obra está consolidada con una visión de la que se impregnaba aquella época de nuestro siglo XX: el ser humano como generador de cambios y, en nuestro caso, el amor a una patria ofendida por una presencia extranjera. Algo de lo que ya he hablado en otro momento.

Descubrí en su quehacer poético que aquella poesía, que algunos llegaron a llamar “coloquial”, estaba alcanzando los estadios de la difícil sencillez, ese estadio en que la palabra alcanza cumbres no imaginadas, no a través de recursos barrocos de la metáfora y el vocabulario, sino a través de un lenguaje mucho más puro y sintético, incluso, más emocional… Alguien ha dicho que la sencillez es más difícil de alcanzar que la complejidad. En la obra de Dimas Lidio Pitty eso era un acierto indiscutible y un modelo a seguir por los escritores jóvenes de mi generación.

Había en su poesía una palabra telúrica, con la sensación de la hierba mojada por el bajareque de las montañas chiricanas. Dicho de otra manera, la frescura y la sinceridad con la que se expresa un hombre apegado a las pequeñas y sencillas cosas de la tierra.

Su quehacer literario fue variado, desde su vena periodística, la que le conocí cuando frecuentaba los primeros días del diario La Prensa y se vería encuadrada, años después, en su libro Letra viva, entrevistas que realizó a varios escritores panameños, hasta sus últimos poemas y relatos.

Particularmente, aunque fui lector de su obra, incluyendo aquel juego poético que tituló Relicario de cojos y bergantes, su aproximación a la poesía popular con Décimas chiricanas, sus Coplas sobre una esperanza y su Rumor de multitud, siempre regresaba a Crónica prohibida, a sus cuentos de Los caballos estornudan en la lluvia o a su sección en el libro Recuentos, que había escrito en colaboración con otro escritor panameño.

Quizás, su legado haya sido darnos una obra que reflejó dignidad, amor a la patria ultrajada, una conducta vertical como seres humanos y un oficio inclaudicable hasta el final. Seguramente, porque fue de esos escritores que, en un momento determinado de nuestra historia de finales de los años 60, sufrió el exilio y lo fue a compartir con otros “compatriotas” (Diana Morán, Ramón Oviero, Jorge Turner, José Manuel Bayard LErma y otros) en una tierra ajena que, de alguna manera hicieron suya.

Poco a poco se agranda el vacío en la literatura panameña y parten los autores que hicieron que el país en que nacimos mantuviera su frente en alto ante los embates adversos de la historia y triunfara al final de un siglo que hace poco terminó.

Dejo uno de sus poemas:

Hay un sitio

 

Hay un sitio de pájaro y flores

donde los hombres temen saludarse.

 

Hay un sitio con mares y montañas

donde nadie es dueño de su muerte.

 

Hay un sitio de eterna primavera

donde el amor ha sido desterrado.

 

Es una tierra donde nadie canta

porque el fusil impuso su silencio.