JOSÉ FRANCO: CUANDO LA PATRIA ES NORTE Y ES DESTINO

José Franco

Este mes de abril llega con el más implacable calor que reconocen los tiempos… la situación climática no parece mejorar y habrá que esperar a días más generosos, ganados por la lluvia. Este mes de abril, aunque ya era un asunto sabido, nos llega con la noticia de que se le ha otorgado la Condecoración “Rogelio Sinán”, la más importante que se le otorga a un escritor panameño por su obra, al poeta José del Carmen Franco Herrera (Calobre, 1931), quien acaba de llegar a sus ochenta y tres años de edad. Sin duda, hace años que el poeta se merecía este reconocimiento por su obra y su contribución a exaltar nuestra idéntidad nacional, ya que no es un reconocimiento buscado o exigido, sino un reconocimiento ganado por su obra y por su amor a este país.

José Franco es de esos autores que surgió en un tiempo de convulsiones y de sueños, bajó de su Calobre natal con su diploma de maestro a reconocer la ciudad. Surgió, a la vez, en un tiempo en el que ser poeta, novelista o hacedor de arte tenía algún sentido y servía de modelo a una sociedad que los miraba con admiración, respeto y asombro (cosas que se han perdido en estos días a los que nadie le interesa las actividades ennoblecedoras del arte, más que a los propios artistas y a su ego). Su reconocimiento llegó muy temprano en su vida, con la fuerza de la juventud y en la medianía del pasado siglo, cuando fue capaz de crear uno de los libros medulares de la literatura panameña y uno de los himnos que sirvieron como bandera y guía de nuestra dignidad como nación: Panamá defendida (1954). Este es, quizás, el libro más reeditado de la literatura panameña y, además, el más traducido, ya que su universalidad parte de la tierra misma en la que su creador se desarrolla y crece. Su intento totalizador por contar poéticamente la historia de Panamá, que para entonces se resumía a unos 463 años, desde que Rodrigo Galván de Bastidas visitara nuestras costas en 1501, algo que luego haría el propio Cristóbal Colón un año después, fue algo que caló muy hondo en el alma nacional y se convirtió en himno por la recuperación de nuestra unidad territorial y nuestra soberanía durante toda la segunda mitad del siglo XX. Algo que muy pocos textos, poéticos, dramáticos o narrativos han podido lograr.

Esta inmersión profunda de José Franco dentro de la historia, atada a su extraordinario amor por la tierra, ha sido modelo para muchos autores que llegaríamos después y cuya huella se puede trazar, desde distintas rutas, hasta Carta a Edmond Bertrand, un libro de quien escribe, publicado en el 2004, que, de alguna manera, es heredero de esa línea creacional que fundó José Franco.

Su esencia es la del campesino sencillo, humilde, generoso, educado, que ama su terruño. De allí que la poesía de Franco también utilizara, en otros recursos técnicos, la métrica popular: la décima o la espinela, para seguir cantando su amor por esta patria nuestra tan malquerida por muchos, pero por la que han sido capaces de derramar su sangre quienes han decidido defender nuestra bandera, nuestra soberanía, en el mejor de los sentidos. Solo basta leer, por ejemplo, su poemario Patria de dolor y llanto (1961) para constatar lo que aquí se sugiere: “Vuelvo Panamá a ofrendarte | la angustia de mi poesía. | Despojo la melodía | del pueblo para cantarte. | Elijo el verso que parte | el alma de tu quebranto. | Mastico mis penas tanto | que palpita mi emoción, | que muero en tu corazón | PATRIA DE DOLOR Y LLANTO”.

Esto mismo sucedería con otros títulos de la misma jerarquía temática: Cantares a la Revolución (1972), Patria sagrada (1974), Poemas a mi patria (1975), entre otros.

Quizás, su cota poética más singular llegaría con un libro vinculado a los avatares de nuestra América Latina de las décadas del 60, 70 y 80: Horas testimoniales (1976), en el que el carácter lírico del autor sería capaz de alcanzar, con versos muy cortos, medidos, una expresión muy honda, basada en el amor a una mujer y a sus luchas y angustias.

También exploraría el teatro poético, heredero de la tradición griega, pero con un acento muy vernacular, en su pieza Redobles al amanecer (1977), en la que fue capaz de ensayar y conjuntar las distintas métricas clásicas de la poesía española para crear acentos y emociones diferentes en los personajes.

La obra de José Franco es vasta, pues también incursionó en la poesía infantil y escribió varias series de coplas y fábulas. Luego vendría la novela con El panteón de los callejones (1990) y Las luciérnagas de la muerte (1992), entre otras, en la que narra su percepción sobre lo que fue la invasión estadounidense a Panamá en diciembre de 1989.

Hace unos veintún años atrás, estaba, junto a José Franco, Arysteides Turpana y Víctor Gómez Chetri, dictando el Fallo del Concurso Municipal de Poesía “León A. Soto”.

Hace unos veintún años atrás, estaba, junto a José Franco, Arysteides Turpana y Víctor Gómez Chetri, dictando el Fallo del Concurso Municipal de Poesía “León A. Soto”.

Quien escribe tiene una eterna deuda de gratitud con José Franco y su familia. Siendo un hombre tan generoso como es, un ser humano de una sola pieza y de a mjeor entalladura, me abrió las puertas de su casa y su biblioteca desde muy joven. Fue el primer escritor en ofrecerme consejos y aconsejarme lecturas, algo que ya casi no sucede en el mundo de hoy. Incluso, fue el que me alentó a pulbicar, por vez primera, algunos de mis poemas iniciales. Sé que para él soy un hijo putativo y como tal me siento, además de sentirme como un escritor panameño sumamente orgulloso y feliz por el merecidísimo reconocimiento que hoy se le concede…

¡Gracias, José, por ese ejemplo de amor a la Patria, por tu don de gente, por una obra tan singular que sirve de buque insignia espiritual para nuestro país!

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