JOSÉ FRANCO: CUANDO LA PATRIA ES NORTE Y ES DESTINO

José Franco

Este mes de abril llega con el más implacable calor que reconocen los tiempos… la situación climática no parece mejorar y habrá que esperar a días más generosos, ganados por la lluvia. Este mes de abril, aunque ya era un asunto sabido, nos llega con la noticia de que se le ha otorgado la Condecoración “Rogelio Sinán”, la más importante que se le otorga a un escritor panameño por su obra, al poeta José del Carmen Franco Herrera (Calobre, 1931), quien acaba de llegar a sus ochenta y tres años de edad. Sin duda, hace años que el poeta se merecía este reconocimiento por su obra y su contribución a exaltar nuestra idéntidad nacional, ya que no es un reconocimiento buscado o exigido, sino un reconocimiento ganado por su obra y por su amor a este país.

José Franco es de esos autores que surgió en un tiempo de convulsiones y de sueños, bajó de su Calobre natal con su diploma de maestro a reconocer la ciudad. Surgió, a la vez, en un tiempo en el que ser poeta, novelista o hacedor de arte tenía algún sentido y servía de modelo a una sociedad que los miraba con admiración, respeto y asombro (cosas que se han perdido en estos días a los que nadie le interesa las actividades ennoblecedoras del arte, más que a los propios artistas y a su ego). Su reconocimiento llegó muy temprano en su vida, con la fuerza de la juventud y en la medianía del pasado siglo, cuando fue capaz de crear uno de los libros medulares de la literatura panameña y uno de los himnos que sirvieron como bandera y guía de nuestra dignidad como nación: Panamá defendida (1954). Este es, quizás, el libro más reeditado de la literatura panameña y, además, el más traducido, ya que su universalidad parte de la tierra misma en la que su creador se desarrolla y crece. Su intento totalizador por contar poéticamente la historia de Panamá, que para entonces se resumía a unos 463 años, desde que Rodrigo Galván de Bastidas visitara nuestras costas en 1501, algo que luego haría el propio Cristóbal Colón un año después, fue algo que caló muy hondo en el alma nacional y se convirtió en himno por la recuperación de nuestra unidad territorial y nuestra soberanía durante toda la segunda mitad del siglo XX. Algo que muy pocos textos, poéticos, dramáticos o narrativos han podido lograr.

Esta inmersión profunda de José Franco dentro de la historia, atada a su extraordinario amor por la tierra, ha sido modelo para muchos autores que llegaríamos después y cuya huella se puede trazar, desde distintas rutas, hasta Carta a Edmond Bertrand, un libro de quien escribe, publicado en el 2004, que, de alguna manera, es heredero de esa línea creacional que fundó José Franco.

Su esencia es la del campesino sencillo, humilde, generoso, educado, que ama su terruño. De allí que la poesía de Franco también utilizara, en otros recursos técnicos, la métrica popular: la décima o la espinela, para seguir cantando su amor por esta patria nuestra tan malquerida por muchos, pero por la que han sido capaces de derramar su sangre quienes han decidido defender nuestra bandera, nuestra soberanía, en el mejor de los sentidos. Solo basta leer, por ejemplo, su poemario Patria de dolor y llanto (1961) para constatar lo que aquí se sugiere: “Vuelvo Panamá a ofrendarte | la angustia de mi poesía. | Despojo la melodía | del pueblo para cantarte. | Elijo el verso que parte | el alma de tu quebranto. | Mastico mis penas tanto | que palpita mi emoción, | que muero en tu corazón | PATRIA DE DOLOR Y LLANTO”.

Esto mismo sucedería con otros títulos de la misma jerarquía temática: Cantares a la Revolución (1972), Patria sagrada (1974), Poemas a mi patria (1975), entre otros.

Quizás, su cota poética más singular llegaría con un libro vinculado a los avatares de nuestra América Latina de las décadas del 60, 70 y 80: Horas testimoniales (1976), en el que el carácter lírico del autor sería capaz de alcanzar, con versos muy cortos, medidos, una expresión muy honda, basada en el amor a una mujer y a sus luchas y angustias.

También exploraría el teatro poético, heredero de la tradición griega, pero con un acento muy vernacular, en su pieza Redobles al amanecer (1977), en la que fue capaz de ensayar y conjuntar las distintas métricas clásicas de la poesía española para crear acentos y emociones diferentes en los personajes.

La obra de José Franco es vasta, pues también incursionó en la poesía infantil y escribió varias series de coplas y fábulas. Luego vendría la novela con El panteón de los callejones (1990) y Las luciérnagas de la muerte (1992), entre otras, en la que narra su percepción sobre lo que fue la invasión estadounidense a Panamá en diciembre de 1989.

Hace unos veintún años atrás, estaba, junto a José Franco, Arysteides Turpana y Víctor Gómez Chetri, dictando el Fallo del Concurso Municipal de Poesía “León A. Soto”.

Hace unos veintún años atrás, estaba, junto a José Franco, Arysteides Turpana y Víctor Gómez Chetri, dictando el Fallo del Concurso Municipal de Poesía “León A. Soto”.

Quien escribe tiene una eterna deuda de gratitud con José Franco y su familia. Siendo un hombre tan generoso como es, un ser humano de una sola pieza y de a mjeor entalladura, me abrió las puertas de su casa y su biblioteca desde muy joven. Fue el primer escritor en ofrecerme consejos y aconsejarme lecturas, algo que ya casi no sucede en el mundo de hoy. Incluso, fue el que me alentó a pulbicar, por vez primera, algunos de mis poemas iniciales. Sé que para él soy un hijo putativo y como tal me siento, además de sentirme como un escritor panameño sumamente orgulloso y feliz por el merecidísimo reconocimiento que hoy se le concede…

¡Gracias, José, por ese ejemplo de amor a la Patria, por tu don de gente, por una obra tan singular que sirve de buque insignia espiritual para nuestro país!

CUANDO LA PATRIA Y LA POESÍA ENLUTECEN

Era muy joven cuando iniciaba mis primeros pasos en la literatura y conocí a Dimas Lidio Pitty, un escritor oriundo de la provincia de Chiriquí, en Panamá, que había regresado del exilio y acababa de ganar el Premio Literario Ricardo Miró de 1978 en dos ramas: poesía y cuento, con los libros Crónica prohibida y Los caballos estornudan en la lluvia, respectivamente.

Dimas Lidio Pitty. Fotografía: Cortesía de © Manuel Montilla.

Dimas Lidio Pitty. Fotografía: Cortesía de © Manuel E. Montilla.

Su obra está consolidada con una visión de la que se impregnaba aquella época de nuestro siglo XX: el ser humano como generador de cambios y, en nuestro caso, el amor a una patria ofendida por una presencia extranjera. Algo de lo que ya he hablado en otro momento.

Descubrí en su quehacer poético que aquella poesía, que algunos llegaron a llamar “coloquial”, estaba alcanzando los estadios de la difícil sencillez, ese estadio en que la palabra alcanza cumbres no imaginadas, no a través de recursos barrocos de la metáfora y el vocabulario, sino a través de un lenguaje mucho más puro y sintético, incluso, más emocional… Alguien ha dicho que la sencillez es más difícil de alcanzar que la complejidad. En la obra de Dimas Lidio Pitty eso era un acierto indiscutible y un modelo a seguir por los escritores jóvenes de mi generación.

Había en su poesía una palabra telúrica, con la sensación de la hierba mojada por el bajareque de las montañas chiricanas. Dicho de otra manera, la frescura y la sinceridad con la que se expresa un hombre apegado a las pequeñas y sencillas cosas de la tierra.

Su quehacer literario fue variado, desde su vena periodística, la que le conocí cuando frecuentaba los primeros días del diario La Prensa y se vería encuadrada, años después, en su libro Letra viva, entrevistas que realizó a varios escritores panameños, hasta sus últimos poemas y relatos.

Particularmente, aunque fui lector de su obra, incluyendo aquel juego poético que tituló Relicario de cojos y bergantes, su aproximación a la poesía popular con Décimas chiricanas, sus Coplas sobre una esperanza y su Rumor de multitud, siempre regresaba a Crónica prohibida, a sus cuentos de Los caballos estornudan en la lluvia o a su sección en el libro Recuentos, que había escrito en colaboración con otro escritor panameño.

Quizás, su legado haya sido darnos una obra que reflejó dignidad, amor a la patria ultrajada, una conducta vertical como seres humanos y un oficio inclaudicable hasta el final. Seguramente, porque fue de esos escritores que, en un momento determinado de nuestra historia de finales de los años 60, sufrió el exilio y lo fue a compartir con otros “compatriotas” (Diana Morán, Ramón Oviero, Jorge Turner, José Manuel Bayard LErma y otros) en una tierra ajena que, de alguna manera hicieron suya.

Poco a poco se agranda el vacío en la literatura panameña y parten los autores que hicieron que el país en que nacimos mantuviera su frente en alto ante los embates adversos de la historia y triunfara al final de un siglo que hace poco terminó.

Dejo uno de sus poemas:

Hay un sitio

 

Hay un sitio de pájaro y flores

donde los hombres temen saludarse.

 

Hay un sitio con mares y montañas

donde nadie es dueño de su muerte.

 

Hay un sitio de eterna primavera

donde el amor ha sido desterrado.

 

Es una tierra donde nadie canta

porque el fusil impuso su silencio.

¡AVE, CÉSAR, LOS QUE VAN A VIVIR TE SALUDAN!… (Pequeño homenaje a César Young Núñez)

Hace muchos años, ya no recuerdo por cuál extraña determinación de eso que llaman “destino”, conocí al poeta y ensayista César Young Núñez. Mi vida apenas rondaba los diecinueve años y la fortuna, junto con el buen juicio literario del poeta, hizo que me concediera uno de los primeros premios literarios que alguna vez obtuve. Desde entonces, el poeta supo guiarnos por algunas de las maravillosas lecturas de su vastísima cultura literaria. Más que un maestro, César ha sido un amigo, una mano abierta, una persona que, singularmente, causa una simpatía general por su conocimiento y, sobre todo, por su humildad.

Fotografía que el autor de estas líneas le tomara a César Young Núñez, sosteniendo su icónica escultura de Groucho Marx, para la contraportada del libro «Lecturas para lectores» (1987).

Fotografía que el autor de estas líneas le tomara a César Young Núñez, sosteniendo su icónica escultura de Groucho Marx, para la contraportada del libro Lecturas para lectores (1987).

Si algo lo ha caracterizado es haber sido una especie de “outsider” de la literatura panameña, a pesar de haberse sumergido en ella, al haberse adscrito a corrientes literarias que, como la antipoesía abanderada por el poeta chileno Nicanor Parra, no encontraron eco en otros autores de la angostura continental. Originalidad inundada de rigor, son las adjetivaciones con las que podríamos definir, de manera muy lacónica y sencilla, sus aportes a la poesía escrita en Panamá durante las últimas décadas.

Durante mucho tiempo, nosotros, los jóvenes de entonces, no cesamos de repetir aquel Poema vertical que César nos dejó en su libro Poemas de rutina (Panamá, 1967; La Rama Dorada, 2001):

Me
coso
un
ojo
en
la
mano
y
te
miro
tocándote

Entonces, eran descubrimientos novedosos de una poesía que crecía al calor de nuevos y refrescantes tiempos. Esto, sin duda, sigue siendo vigente, a día de hoy, en su obra.

Luego vendrían sus otros libros, igualmente célebres, de los que por estos días se ha dado cuenta en la prensa escrita: Carta a Blancanieves (1973), Poesía mía que estás en los cielos (1991) y alguno más, como su libro Lectura para lectores (1987), en el que aborda la pintura, la poesía y otras preocupaciones suyas sobre el arte y los amigos. Su paso por el diario La Prensa nos regalaría sus refrescantes e inolvidables columnas semanales que él nos entregó bajo el título de Cartas de Julio Viernes…

Vienen a la memoria algunas anécdotas y vivencias compartidas. Por ejemplo, aquellos encuentros en casa de Julio César Schara, donde nos reuníamos cada vez, alguna gente vinculada a los avatares literarios de aquellos días, como: Isis Tejeira, Isabel Barragán de Turner y Ricardo Turner, Juan Dal Vera (casi siempre encargado de los aspectos más deliciosos de la cultura culinaria, tan exquisitos como el lirismo de su poesía), César Young Núñez y Tristán Solarte (Guillermo Sánchez Borbón). Mientras escribo estas palabras no dejo de sorprenderme de haber sido un jovensísimo aspirante a la escritura, mientras asistía a esos encuentros en los que Tristán Solarte y César se batían a duelo, más bien a “sonetazos”, recitando a Shakespeare, con el conocimiento pleno de su obra, en inglés…

Portada del libro La musa inoportuna. Obras (in)completas, cuya edición ayudamos a realizar a pedido del poeta.

Portada del libro La musa inoportuna. Obras (in)completas, cuya edición ayudamos a realizar a pedido del poeta.

En el 2004, la poesía reunida de César Young Núñez vio la luz con otro de sus singulares títulos: La musa inoportuna. Obras (in)completas. Ahora, a la luz de los homenajes, me parece que dicho tomo merecería una nueva edición “aumentada”.

Homenajes… Recientemente, a César Young Núñez se le confirió la Condecoración Rogelio Sinán, en tributo a los aportes literarios que ha ofrecido a las letras panameñas. Lo lamentable es que el acto de condecoración, que debía realizarse el Día del Escritor Panameño, se postergara con una serie de excusas baladíes y sin ningún sentido, como la muerte de Gabriel García Márquez o la cercana celebración de las elecciones presidenciales panameñas…

Como apuntó el poeta Manel Orestes Nieto: “la ‘posposición’ de la entrega de la Condecoración Rogelio Sinán 2014 al poeta César Young Núñez fue y es un irrespeto a la cultura y a todo el país”.

Fotografía de César Young Núñez que tomamos prestada de La Estrell de Panamá.

Fotografía de César Young Núñez que tomamos prestada de La Estrella de Panamá.

Lo positivo que trajo el desacierto gubernamental, sin embargo, son las extraordinarias muestras de solidaridad y afecto hacia César Young Núñez y su obra… El homenaje se ha prolongado en el tiempo hasta el día finalmente señalado (20 de mayo de 2014) para entregarle la condecoración merecida.

Que estas pocas palabras sean parte de ese reconocimiento que hacemos con admiración por su obra y profundo afecto por su persona. Por ello, el título de estas palabras: paráfrasis de la que los delincuentes romanos, cual gladiadores, daban al entrar a la arena ( “Ave, Cesar, murituri te salutant”), que los jóvenes de entonces invocábamos ante su presencia.

Como el mismo César Young Núñez ha expresado en más de una ocasión, sobre todo cuando se aproximaba la hora de visitar asiduamente a su amigo Rolando Buchanan, no queda más que pedir, aunque sea de manera espiritual: “Que el acto sea breve y el brindis sea largo” y que sigamos disfrutando de su imaginación por mucho tiempo más.

50 AÑOS DESPUÉS DE AQUEL DÍA MEMORABLE

Nadie podía suponer, aquel jueves 9 de Enero de 1964, que ese día se iba a escribir una de las páginas más dolorosas y gloriosas del amor por nuestra tierra. No era la primera, pero sí un punto de inflexión determinante en los largos esfuerzos por hacer desaparecer un enclave extranjero —instaurado por la fuerza de un convenio viciado de ilegalidad e intereses oscuros— en la cintura de nuestro territorio, y que causaba malestar, ofensa a la soberanía, a la integridad y a la identidad de una joven, pero extraordinariamente digna nación.

Hoy, cincuenta años después de aquellos hechos que habrían de cobrar la vida de unos veintidós panameños que cumplieron cabalmente el juramento que hacemos todos a nuestro emblema nacional (“amarte, respetarte y defenderte…”) y provocar una derrota moral a una de las más grandes potencias mundiales de nuestro tiempo, ese día permanece aún, como un faro guía, indeclinable en la memoria de todos los panameños como uno de los más importantes de nuestra historia, como una demostración clara de nuestra defensa de la identidad nacional en su expresión más profunda.

Gracias a ese día y a la sangre derramada de nuestros jóvenes mártires, flor cortada en el principio de la vida, se pudo renegociar la derogatoria de aquel tratado ominoso —proceso que culminó el general Omar Torrijos Herrera conjuntamente con el presidente James Carter— e instaurar un proceso de reversión que habría de ponerle fecha de vencimiento a esa presencia extranjera tan mal querida: 31 de diciembre de 1999, a las doce mediodía; y restaurar, definitivamente, nuestra integridad territorial y nuestra soberanía.

Estudiantes graduandos del Instituto Nacional portan la Bandera Nacional que deseaban izar en Balboa High School, el 9 de Enero de 1964, en cumplimiento del Convenio Kennedy-Chiari.

Estudiantes graduandos del Instituto Nacional portan la Bandera Nacional que deseaban izar en Balboa High School, el 9 de Enero de 1964, en cumplimiento del Convenio Kennedy-Chiari.

Hoy, cuando se retoma la memoria histórica y se le da a aquella gesta el grandioso valor y la importancia que tiene, que permitió que hoy tengamos un país tan especial como el que tenemos, que el Canal y sus área aledañas sean completamente nuestros, traigo a estas páginas un poema que escribí hace unos años, en el que se rinde homenaje a esos jóvenes que dieron su vida y su sangre, con un extraordinario amor por la patria, para que pudiéramos tener un solo territorio y una sola bandera. Para ellos, este humilde tributo, en forma de poema, aparecido en mi libro Carta a Edmond Bertrand (UTP, 2004).

La bandera

DULCES CLAVELES EN LA SANGRE

El corazón ardía
como una hoguera incontenible
donde se incinera la impotencia
después de tantos años
de navegar sobre las sombras
sin rendirnos nunca
a la salvaje fiera de la nieve.
La misma que plantó una bandera extraña
en nuestro ombligo
donde la rebelión se confundía
con el olor de una mañana
que se resiste a deforestar
la flor de las naranjas.

A la postre,
tuvimos veintidós claveles
cortados con el filo de una noche aciaga
en medio de un aquelarre
de demonios.
Veintidós luces encendidas
que sortearon las borrascas
y vislumbraron el mediodía de un diciembre,
aún lejano y gris, pero posible.

Pero también un faro
iluminando nuestro viaje
con muchas lunas de dolor
descolgadas del tránsito del siglo.

Así vimos el tiempo contraerse
y transformar lo que antes era perpetuo
en años que se contaban largamente
hasta la culminación final
del calendario.

Fue así como llegó
el indescriptible día de la lluvia,
una lágrima que se derramó por la mejilla
de la tierra.

Pablo Menacho

Los años que vendrán

Pasaron unos treinta y un años desde que este poema, «Los años que vendrán», un tanto surrealista en su momento, fuera publicado en el segundo número del plegable Temas de nuestra América, en abril del año 1982.

Este día, 11 de julio de 2013, alguien, por alguna razón, ha estado en la búsqueda de esta publicación de juventud que hoy se recupera aquí como un recuerdo de aquellos años, anteriores a todo lo que vendría y que, sin casi darnos cuenta, ya se han ido.

TEMAS-Los años que vendrán LR

La noche sublimada de André Cruchaga

 

La palabra escrita, cuando se trata de un acto de creación consciente, adquiere nuevas vestiduras, nuevos y resplandecientes ropajes, pues se hace transmisora de nuestras emociones más íntimas y, por lo tanto, más transparentes. Se hace auténtica y única. Sobre todo si estas emociones están vinculadas indisolublemente a los sentimientos más viscerales del ser humano que adquieren, además, pinceladas de extraordinaria belleza que la transfiguran en imágenes perfectamente perceptibles por un interlocutor que esté o no en sintonía exacta con lo que ha querido decir, en este caso, el poeta.

André Cruchaga lo sabe perfectamente bien, pues es un conocedor pleno y un hacedor de este oficio, a veces ingrato, pero muchas veces regocijante, y por ello su palabra es una precisa y clara talladura en la madera o la finísima filigrana de un orfebre que es capaz de crear formas novedosas y bellas con las que iluminar al mundo, al alma misma, convertida en piel a la intemperie y, por lo tanto, en hálito de vida, es decir: en experiencia plenamente vivencial.

Su vasta trayectoria y su trabajo cada vez más depurado y acunado en el silencio y la soledad que circunda todo acto creador dan a la luz de las Letras de este país, pequeño en espacio, pero vasto en la densidad de sus emociones, un puñado de versos que, más que una sublimación de la noche, son el primer destello del alba, es decir: ráfagas de la luz más pura que ilumina nuestro espíritu y nuestra conciencia.

Pero el poeta, en esa noche que anuncia sombras, a pesar de constatar la desesperanza de estos días aparentemente aciagos, se hace observador agudo e, incluso, profético e incisivo, de su realidad inmediata, del entorno en el que transcurre su cotidianeidad y en que, más allá del paisaje del hermoso y desnudo cuerpo de una mujer amada, crecen sus preocupaciones más entrañables. Porque es capaz de vislumbrar, parafraseándolo un poco, que “al filo de la ternura” toma forma el país en “esta historia inevitable de arena”.

Por donde se atisben sus versos, se les mira cosidos con el conocimiento de una tradición literaria muy vasta, en la que pueden percibirse, por ejemplo, las huellas del movimiento surrealista, cuya onda expansiva aún parece acompañarnos en estos tiempos de “posmodernidad”, pero también los oscuros ecos de César Vallejo o, en el otro extremo, los de Vicente Huidobro y, con ellos, la Generación del 27 en pleno, pues los mismos trasuntan, sobre todo, amor, pero un amor que es doble: por una parte, teñido por la vorágine indescifrable de la pasión y el deseo. Por la otra, amor a las raíces esenciales y al entorno en el que crecemos y avanzamos por la vida.

Por ello, nuestra querida y común amiga, la escritora y crítica dominicana Teonilda Madera, en el prólogo a este libro que nos convoca, señala que:

“La voz dolorosa formula una interrogante lacerante […] que advierte que el peligro acecha, que la patria está plagada de angustia, que hay sobresalto, dolor y tiniebla en el país.”

Ese país, por supuesto, que es otra piel que nos cubre: la de nuestros sueños y la de nuestras preocupaciones, la de nuestro desaliento y la de nuestros anhelos, donde el poeta, al contemplar la realidad que le circunda, nos dice:

En fin, vos y este País son mi única Historia verdadera:
[la perversidad
de los tatuajes, el puñal que luego se torna en elegía,
los mártires que duelen como una flor en las pupilas […]

Ese país que es inseparable de nosotros, de nuestra construcción humana, de nuestro pensamiento, y por tanto, amado y malquerido, ya que su entorno vital es el que nos hace ser lo que somos, el que nos acosa y el que nos redime a la vez, pero, en síntesis, es el espacio en el que se crea una obra poética que no podría ser la misma en otro lugar del planeta ni alcanzar las cotas a las que ha llegado, sino se nutriera con el asombro y la contemplación de cada segundo de este paisaje social.

En medio de los abismos que parecen acompañar las horas del poeta, André Cruchaga deja traslucir que el rumbo de los tiempos merece ser observado con precautoria atención, de modo que el poeta nos señala, escondidos o develados en sus versos, los signos exactos que marcan su época y, por lo tanto, los días de la historia en la que transita hoy sobre esta tierra.

Sublima, pues, la noche  que transita entre la pasión y el deseo, pero también devela la noche de los tiempos, ese espacio que parece marcar, más que una crisis, el capítulo final del Humanismo, asediado, primero, por un hedonismo que ganó espacios desde hace décadas, pero también, arrinconado por la unipolaridad del mundo y los desequilibrios con los que dan tumbos nuestras sociedades actuales, siempre a la espera de esos momentos en que un destello, aunque sea fugaz, sea capaz de transformarlo todo y en transmutar la oscuridad en resonancias de luz.

* * * * *

Hace unos años, en este mismo país, bajo un pertinaz aguacero, nos presentamos un grupo de poetas, entre los que nos encontrábamos David Huerta, Belén Artuñedo Guillén, Teonilda Madera y este servidor, a dar un recital en el Centro Cultural de la Embajada de México. A la entrada estaba un hombre entusiasmado con unos papeles en sus manos que contenían algunos poemas escritos por nosotros y que él había rescatado cuidadosamente de la Internet.

Él también habría de acompañarnos en la lectura aquella noche que, a la luz de los años, ha seguido siendo particularmente especial para varios de nosotros y que, evidentemente, sigue proyectándose en el tiempo y en el espacio.

Así fue nuestro primer encuentro con André Cruchaga aquella mágica noche de un miércoles de julio del año 2002. Luego, atestiguamos su extraordinario amor por la poesía y con él su extraordinaria generosidad, pues más que difundir su propia obra poética, desde hace unos años atrás, emprendió un proyecto vasto de divulgación literaria que hoy es consulta obligada a través de la Internet.

De aquella noche primera a esta, en la que precisamente André Cruchaga nos regala con su libro Sublimación de la noche, que nos anuncia también nuevas claridades, pues siempre, después de la noche aparece la luz del día, abrazamos con verdadero regocijo estos versos suyos que nos irradian y nos proponen un mejor destino como seres humanos desde nuestra individualidad y nuestra colectividad.

Muchas gracias.

Siempre el asombro

Hugo Lindo Olivares (un país muy pequeño con gente muy pequeña, 1917-1985).

Hugo Lindo Olivares (un país muy pequeño, 1917-1985).

Acercarse a la obra poética de Hugo Lindo, sobre todo para quien lo hace por primera vez, es reconocer la buena salud que ha sido capaz de poseer, en mayor o menor grado, la literatura centroamericana a lo largo del siglo XX. Sobre todo, porque se trata de una obra construida a partir de un genuino ejercicio comprometido con la palabra.

Una palabra que forma parte indisoluble de una tradición literaria que, como expresara Octavio Paz, consta de dos condiciones fundamentales: por una parte, es continuidad, y por otra, es ruptura.

Hugo Lindo se nos revela, sobre todo a estos ojos, como un hito fundamental en la continuidad de esa tradición de la literatura salvadoreña, pero sobre todo como un poeta de un lirismo finamente moldeado e hilvanado a lo largo de cada uno de sus versos, cuyo eje central es, siempre, las emociones humanas, tal como suele serlo para la más representativa poesía de todos los tiempos.

Es, en síntesis, una obra fundamental, parte de una literatura de fundación, y paradigmática, por ser, como se puede vislumbrar a lo largo de sus textos, un modelo a seguir y un faro para iluminar el quehacer literario de las generaciones que le siguen en ese intrínseco relevo que nos exige el tiempo…

No en vano, constatamos aquí cómo se erige en una obra poseedora de una muy personal singularidad y, por supuesto, de un asombro.

Se ha dicho, durante estas jornadas de homenaje, que la poesía de Hugo Lindo hubiera tomado otra dimensión si el poeta, el escritor que hoy nos convoca en torno a su figura, no hubiera nacido aquí, en este pequeño territorio que nos acuna. Sin embargo, es necesario tener presente que toda obra es producto de una circunstancia y un espacio vital muy especiales que conforma el entorno del poeta, y por ello, sería razonable pensar que no hubiera sido la misma que hoy celebramos en este poeta y quizás no hubiese adquirido la misma dimensión que hoy tiene.

Pero si algo ha demostrado la poesía de Hugo Lindo es que podría verse como un solo y largo poema centrado no en los mundos imaginados que podrían encontrarse en la narrativa, sino en la absoluta realidad que hay en la vida misma y que se refleja en las preocupaciones, sueños y deseos del ser humano. He allí su autenticidad y su honestidad.

Es por ello que su obra sigue viva, es decir: vigente y fresca a la luz de los ojos de sus lectores, pues la muerte solo es tal cuando es amortajada por el polvo del olvido y, en el caso de Hugo Lindo, si bien conmemoramos veinticinco años de su partida, celebramos, ante todo, que sigue presente y cada vez más vivo en nosotros, no ya solo en el recuerdo amable de sus familiares, amigos o discípulos, sino a través de su poesía y todo el conjunto de su hacer literario, de su poderosísima palabra tallada en el mármol del tiempo y la memoria, pues es una poesía, en este caso, que ha logrado alcanzar las anheladas cotas que la conducen, indubitablemente, a tocar aquello a lo cual toda gran obra, al margen de los propios deseos del autor, aspira: lograr trascender al espacio temporal en que fue creada.

En el caso de Hugo Lindo, además, estamos ante una obra que es profusa, pero delicadamente construida, hecha con una disciplina que nos resulta inquebrantable y un compromiso absoluto del autor con el buen hacer literario. Es una obra labrada con paciencia que hoy nos es legada a sus lectores casi en su totalidad para que constatemos y nos reconozcamos plenamente en el espejo de este, a veces ingrato, pero también maravilloso oficio de escribir para alcanzar y transmitir la belleza, siempre ennoblecedora de nuestra vida y de nuestros pensamientos.

De allí, la vigencia y la fuerza que cobran hoy las palabras de Elizabeth Gamble Miller aparecidas en el primer tomo de Mañana será el asombro, cuando expresa:

“Cada palabra en la poesía de Hugo Lindo ha sido seleccionada por su máxima posibilidad evocadora, por la multiplicidad de niveles en su significado cósmico, poético o divino, por sus valores de ambigüedad o de sencillez.”

En ese sentido, la Secretaría de Cultura de la Presidencia, a través de la Dirección de Publicaciones e Impresos, ha considerado como un compromiso y un deber impostergable y necesario culminar este hermoso proyecto editorial que inició hace algunos años, en 2005 para ser precisos, con la publicación que hoy ve la luz en tan especial fecha conmemorativa, de este tercer y último tomo de Mañana será el asombro, proyecto editorial en el que hemos reunido la poesía completa, o mejor dicho: casi completa, de este escritor tutelar que es y continuará siendo Hugo Lindo.

Un tomo que, por demás, se nos hace imprescindible a todos sus lectores, pues es portador de muchas noticias y novedades, pero que es, a la vez, una reafirmación de todo lo que a lo largo de estas jornadas hemos ido apuntando y escuchando en torno a la figura de este autor tutelar en la literatura salvadoreña.

Las noticias giran en torno a la aparición de nuevos manuscritos del poeta, gracias a la donación de sus archivos que en 2007 hiciera su familia al Museo de la Palabra y la Imagen.

Allí nos encontramos con el hallazgo sorprendente —siempre el asombro— y valiosísimo de material inédito de este escritor nuestro, lo cual refresca y contribuye a comprender mejor la extraordinaria dimensión de su obra. Aparecieron allí, por ejemplo, algunos poemas iniciales, fechados en la década del 40 y mecanografiados por su padre, Óscar Lindo. Estos poemas, desconocidos para la mayoría, hoy ven la luz de una primera edición casi setenta años después.

De igual modo, aparecieron en esos archivos algunos poemas de la década del 80 que también se publican, en este tomo, por vez primera.

Esto hace que sea revelador, esencial e imprescindible este tercer tomo de Mañana será el asombro, y, en ese sentido, nuestro país debe estar agradecido a la familia del poeta, por la generosidad que han tenido de darle a todos los salvadoreños la posibilidad de seguir descubriendo en esos textos hasta hoy inéditos, la vastedad de la obra literaria de Hugo Lindo.

Finalmente, este tomo recoge lo que sin duda es, junto con Solo la voz y otros títulos que aquí se han mencionado con toda propiedad, la que podría considerarse como la pieza maestra del poeta: Desmesura, ese largo poema en el que Hugo Lindo recapitula sobre la vida de una manera profunda, filosófica y existencial, adentrándonos en el alma humana y en su esencia vital. Este fue su último gran aporte a las Letras salvadoreñas, pero, como toda su obra, un aporte cargado de universalidad y en el que confluyen asombro y sabiduría, dos de los maravillosos extremos de la vida.

Hoy, satisfechos de haber cumplido con nuestra misión de entregar al pueblo salvadoreño lo mejor de su literatura y de su hacer en las bellas artes y la cultura en general, la Secretaría de Cultura de la Presidencia, a través de su Dirección de Publicaciones e Impresos —la DPI—, le ofrece a El Salvador, algo que de hecho le pertenece, pues la poesía de Hugo Lindo es ya parte consustancial del alma nacional.

Muchas gracias…